Por Sergio Velasco de la Cerda
Hace cuarenta años, la mañana del 2 de agosto de 1986, Mario Martínez salió de su casa, en La Florida, para entregar unos apuntes de estudio a un compañero. Nunca llegó.
Desde ese momento comenzó una búsqueda desesperada. Su familia, sus amigos y los dirigentes estudiantiles movilizaron todos los esfuerzos posibles para encontrarlo, sin resultados.
Mario Martínez era estudiante de Ingeniería de la entonces Universidad de Santiago. Quienes lo conocieron recuerdan a un joven sereno, cercano y profundamente comprometido con sus ideales democráticos. Había sido expulsado de su carrera tras denunciar los abusos cometidos por las autoridades designadas durante la dictadura, pero aquello no lo apartó de su compromiso con el movimiento estudiantil.
Continuó sirviendo como secretario general de la USACH y tesorero de la CONFECH. Pese a su juventud y a su contextura menuda, poseía una capacidad de liderazgo que le permitió unir a estudiantes de distintas universidades en torno a una demanda común: recuperar la democracia.
1986 fue uno de los años más intensos de la resistencia al régimen militar. Mientras crecían las protestas nacionales, también aumentaban las denuncias por violaciones a los derechos humanos. La Vicaría de la Solidaridad recibía diariamente a familiares de personas detenidas o desaparecidas, convirtiéndose en un refugio para quienes buscaban verdad y justicia bajo el amparo de la Iglesia Católica y del cardenal Raúl Silva Henríquez.
La madre de Mario, Rosaura, presintió desde el comienzo que su hijo no volvería. Aun así, nunca dejó de buscar respuestas ni de mantener viva su memoria. Mario representaba a una generación convencida de que era posible construir un país mejor mediante la palabra, el diálogo y la participación democrática. Creía en convencer antes que vencer; en la fuerza de las ideas por sobre la violencia.
Días después, el mar devolvió su cuerpo en la playa de Santo Domingo. Pescadores artesanales dieron aviso del hallazgo el 8 de agosto de 1986. Sus restos fueron trasladados primero a la morgue de San Antonio y posteriormente al Servicio Médico Legal de Santiago, acompañados por el doctor Jorge Palma, mientras el abogado Andrés Aylwin representaba a su familia.
Igual que el magnicidio de don Eduardo Frei Montalva la autopsia no concluyó, el asesinato cometido con Mario.
Cuatro décadas después, el caso continúa formando parte de la memoria de quienes compartieron aquella época y de quienes consideran indispensable que la verdad histórica sea plenamente esclarecida.
Recientemente, la Juventud Demócrata Cristiana volvió a reunirse frente al mar, en el lugar donde alguna vez se levantó una cruz en homenaje a Mario, monumento que posteriormente fue destruido. Ese gesto demuestra que la memoria puede ser atacada, pero difícilmente eliminada.
Recordar a Mario Martínez no significa quedarse atrapados en el pasado. Significa comprender que la democracia, los derechos humanos y la dignidad de las personas requieren una defensa permanente. Los países que olvidan su historia corren siempre el riesgo de repetirla.
