Por Sergio Velasco de la Cerda
“Chile, fértil provincia… que jamás fue por rey regida”. Así describía
Alonso de Ercilla la resistencia del pueblo mapuche frente a la conquista
española. Durante más de tres siglos, la Guerra de Arauco dio
testimonio de un pueblo que no se resignó a perder su libertad.
Hoy, en pleno siglo XXI, esa historia parece adquirir un nuevo sentido.
La soberanía ya no se disputa únicamente con armas, sino también con
recursos estratégicos.
Chile, larga y angosta faja de tierra que se proyecta hacia la Antártica,
vuelve a estar bajo presión. No se trata de ejércitos visibles, sino de
intereses globales que operan sobre nuestras principales riquezas: el
cobre, el litio y, ahora, las llamadas tierras raras.
El escenario internacional ha cambiado. Las grandes potencias
compiten por asegurar el control de minerales críticos, indispensables
para el desarrollo tecnológico y militar. Desde baterías hasta sistemas
de defensa avanzados, estos recursos se han transformado en el eje de
una nueva geopolítica.
Estados Unidos, China y otras potencias disputan influencia en América
Latina. No es un fenómeno nuevo, pero sí más sofisticado. Las formas
ya no son las de la intervención directa del siglo XX, sino acuerdos,
presiones económicas y alianzas estratégicas.
En este contexto, América Latina enfrenta una tensión permanente entre
desarrollo y dependencia. Países como Brasil buscan fortalecer su
autonomía; otros navegan con mayor dificultad entre intereses externos
y necesidades internas.
Chile conoce bien esta historia. La nacionalización del cobre durante el
gobierno del presidente Salvador Allende marcó un hito en la búsqueda
de soberanía económica. También evidenció los costos y conflictos que
ello implica en el escenario internacional.
Hoy el desafío vuelve a plantearse, pero con nuevos protagonistas y
nuevos recursos. Las tierras raras —clave para la industria tecnológica y
militar— se transforman en un objetivo estratégico.
Frente a esto, cabe una pregunta fundamental:
¿Estamos tomando decisiones soberanas o simplemente
adaptándonos a intereses externos?
El riesgo no es solo económico. Es político. Es institucional. Es de largo
plazo.
La historia enseña que la soberanía no se pierde de un día para otro. Se
cede gradualmente, en decisiones que parecen menores, en acuerdos
que no siempre se comprenden en toda su magnitud.
Los nombres de Caupolicán, Lautaro, Colo Colo o Fresia no son solo
símbolos del pasado. Representan una voluntad de independencia que
hoy debe expresarse en nuevas formas.
Chile enfrenta una encrucijada:
