«En este mundo los valientes mueren, los inteligentes enloquecen y el planeta se llena de felicidad con los tontos.»
Arthur Schopenhauer
Acabo de leer un libro revelador de José Valencia Castañeda, una obra que deja un testimonio claro e irrefutable, especialmente necesario en estos tiempos de amnesia colectiva que parecen instalarse en nuestra sociedad.
Su lectura nos enfrenta a una realidad dolorosa: dieciséis militantes de la Democracia Cristiana fueron víctimas de la represión desatada tras el golpe cívico-militar. Muchos de ellos permanecieron durante años prácticamente invisibles para la memoria pública e, incluso, olvidados por algunos de sus propios camaradas.
La Juventud Demócrata Cristiana tuvo el mérito de rescatar sus historias y reunirlas en un trabajo que honra a quienes entregaron sus vidas por mantenerse fieles a sus principios. Fueron hombres y mujeres perseguidos, torturados y asesinados por agentes de los organismos represivos del Estado, en un sistema que actuó protegido por la impunidad y la complicidad de quienes ejercían el poder.
Cada uno de ellos dejó un vacío imposible de llenar. Sus hogares nunca volvieron a ser los mismos. Sus familias recorrieron cárceles, cuarteles y oficinas públicas buscando una respuesta que casi nunca llegó, golpeando puertas una y otra vez con la esperanza de encontrar a sus seres queridos.
La Democracia Cristiana también tiene sus mártires. Hombres y mujeres que jamás renunciaron a sus convicciones ni abandonaron los valores que inspiraban su militancia. Llevaron con orgullo la flecha roja y el emblema azul, convencidos de que la dignidad de la persona humana debía estar siempre por encima de cualquier proyecto político.
Su ejemplo merece ser reivindicado, especialmente por las nuevas generaciones, que deberán asumir la responsabilidad de construir una sociedad más justa, democrática y respetuosa de los derechos humanos.
Resultaría imposible recordar aquí a los dieciséis militantes. Prefiero detenerme en algunos con quienes, por esas inesperadas circunstancias de la vida, tuve una relación personal y cuyo recuerdo permanece profundamente grabado en mi memoria.
Guillermo Álvarez Cañas, dirigente marítimo-portuario de San Antonio, fue asesinado brutalmente por agentes de la DINA el 22 de septiembre de 1973. Su muerte estremeció a toda nuestra comunidad.
Mario Fernández López, transportista de Ovalle, fue detenido por agentes represivos, sometido a múltiples torturas y falleció posteriormente en el hospital de La Serena. Ese mismo día yo era detenido en Tejas Verdes por manifestar mi oposición a las fraudulentas consultas organizadas por la dictadura. Dos historias distintas que quedaron unidas por un mismo tiempo de persecución.
Mario Martínez Rodríguez, secretario general de la Universidad de Santiago y dirigente estudiantil de la CONFECH, fue ejecutado el 6 de agosto de 1981. Su cuerpo apareció gracias al hallazgo realizado por pescadores artesanales en las playas de Santo Domingo.
Jamás olvidaré a su madre, doña Rosaura, quien permaneció en mi hogar mientras esperaba el momento de reconocer el cuerpo de su hijo en la morgue. Fue una experiencia desgarradora que aún permanece intacta en mi persona. En aquel joven idealista y soñador se reflejaba también el futuro que la violencia quiso arrebatarle a toda una generación de chilenos.
El libro incorpora además el caso del expresidente Eduardo Frei Montalva, cuya muerte continúa siendo motivo de profundas controversias políticas e históricas. Más allá de las distintas interpretaciones y del desenlace judicial del proceso, su fallecimiento constituye una herida que marcó profundamente a la Democracia Cristiana y a la historia reciente del país.
Quienes vivimos aquellos años seguimos cargando ese dolor. Por eso valoro el trabajo realizado por la Juventud Demócrata Cristiana al rescatar estos testimonios y transformarlos en memoria colectiva.
Las sociedades que olvidan a sus víctimas terminan debilitando su propia democracia.
Por eso, una simple placa puede transformarse en mucho más que un homenaje. Puede convertirse en un acto de justicia, en un compromiso con la verdad y en una advertencia para las generaciones futuras.
Mientras exista memoria, quienes dieron su vida por defender sus ideales nunca habrán sido derrotados.
